viernes, 29 de octubre de 2010

A PARTIR DE AHORA SÓLO EN LA GACETA DE LA IGLESIA


Queridos lectores de este blog. No se trata de deciros adiós, sino de comunicaros la mudanza definitiva de este blog.
Como sabéis, desde hace unos meses me ofrecieron colaborar en La Gaceta de la Iglesia, del grupo Intereconomía, alojando mi blog allí.
Al nuevo Blog le puse el nombre de EN LA BARCA DE PEDRO y desde el principio contó con muchas visitas, de lo cual me alegro mucho porque mi única intención es la de evangelizar a través de Internet y en un medio tan importante como Intereconomía, el blog duplicó en un mes las visitas que este humilde blog en el que ahora te encuentras y donde comenzó mi evangelización cibernética, había tenido en más de un año. En seguida os puse el enlace directo en la parte derecha de este blog.
Aún así, decidí mantener SÍ A CRISTO, SÍ A LA IGLESIA, SÍ AL PAPA, con los mismos artículos que en el nuevo blog aparecían. Sin embargo, la labor apostólica se multiplica y el tiempo de que dispongo cada día se reduce en la vida de este pobre sacerdote que quiere muchas veces más que puede.
Por eso, a partir de ahora sólo publicaré mis artículos en el blog de Intereconomía, al cual espero que os paséis como asiduos lectores. A la mayoría no os conozco pero os agradezco de corazón los correos que a menudo me enviáis animándome en esta labor.
Así que, me encomiendo a vuestras oraciones y sigo a vuestra disposición
Dios os bendiga.

jueves, 28 de octubre de 2010

Llamar a las personas por su nombre

Siguiendo la estela del artículo anterior, quisiera iniciar una serie de reflexiones en torno a lo que podríamos denominar “apostolado personalista”. No se trata de descubrir el Mediterráneo diciendo que todo apostolado tiene como destinatarias a las personas, a las cuales se les presenta y se les conduce a Jesús. Se trata de fijarnos en la dimensión más singularmente personal del mismo, a dedicar nuestro esfuerzo y nuestro tiempo a esa persona concreta que hoy nos necesita. Quisiera humildemente acentuar la necesidad de ocupar mayor parte de nuestro tiempo en el trato personal con vistas al apostolado, porque a veces, da la sensación de que en la Iglesia minusvaloramos lo que no vaya acompañado del número, de la cantidad.
Pienso que sólo se construirá eficazmente el Reino de Dios si pensamos primero en esa persona, más que en la reunión con el grupo que tengo después; si el sacerdote piensa primero en meterse en el confesionario antes que subirse al púlpito; si el laico atiende primero en su compañero de trabajo antes que a los grandes proyectos de mejora laboral.
Y para ser práctico, comenzamos por algo sumamente sencillo: por favor, llamemos a las personas por su nombre. Apréndete su nombre, el nombre de tantas personas con las que tratas diariamente en el trabajo, por la calle, en el supermercado... que aunque las vemos todos los días, no han pasado de ser para nosotros individuos anónimos. Apréndete su nombre y ya habrás puesto sólidos cimientos a tu apostolado. Más aún, posiblemente ya hayas obrado una transformación en en esas personas (y quzás también en ti). Jesús llamaba a las personas por su nombre y la vida de las personas se transformaba Jesús llamó a Simón Pedro y le comunicó amor tras la triple negación (Jn 21, 15); llamó por su nombre a Marta y le hace ver lo verdaderamente importante (Lc 10, 41); “¡Lázaro!” gritó, y su amigo difunto se llenó de vida; igualmente, al oír su nombre, Zaqueo cambió de vida y María la Magdalena pasó de la tristeza más honda a la alegría más grande. Es verdad que quien hablaba era la Palabra eterna y todopoderosa, pero también es cierto que la transformación vital comenzó en cada persona al oír su nombre.
Llamando a cada persona por su nombre, le estamos reconociendo inmediatamente su dignidad de persona, su singularidad, su identidad. La sacamos de una sopa de letras, del anonimato impersonal, de unos pronombres - mal llamados en este caso, personales – “tú” o “usted” y le comunicamos la base de la caridad que es el conocimiento y el aprecio personal.
Aquella otra expresión de “llamar a las cosas por su nombre” significa ser claros y sinceros en la expresión de las ideas sin respetos humanos o cualquier otro reparo. Análogamente, “llamar a las personas por su nombre” significará ser claramente cristiano, expresando de un modo sencillo y directo la caridad, especialmente hacia los que pasan más desapercibidos en la sociedad.
Juan Pablo II, II introduciendo una charla que iba a dar a unos jóvenes sobre la vocación, decía: "Quisiera encontrarme con cada uno de vosotros personalmente, llamaros por vuestro nombre, hablaros de corazón a corazón de cosas extremadamente importantes, no sólo para vosotros individualmente, sino para la humanidad entera".
¿Vamos a decidirnos a esforzarnos por aprendernos los nombres de las personas a quienes tratamos o alguien prefiere no darle importancia a este tema? ¿Quizás quiere mostrar con ello algún tipo de superioridad? No sé si será afán de superioridad, pero sí falta de sensibilidad de los que estamos llamados a imitar al Buen Pastor que conoce a sus ovejas por su nombre.

martes, 26 de octubre de 2010

Quiero saber contar sólo hasta uno


Los niños de educación infantil (antes “parvulitos”) suelen medir sus progresos matemáticos con la cantidad de números que se saben: “Sé contar hasta diez... hasta veinte... hasta cien”. Los papás se alegran y celebran estos avances expresados con lengua de trapo. Nos acostumbramos desde pequeños a contar y contar, descubriendo con ello la multiplicidad de cosas y personas, la variedad y complejidad del mundo que nos envuelve. Sólo queda reservado el número uno para mí. Yo soy uno, los demás son muchos.
Llegados a adultos, creo que es necesario, sobre todo para el cristiano, realizar el proceso contrario y aprender a contar sólo hasta uno, para descubrir a cada persona singular, única e irrepetible, y tratarla como tal; para poder atender cada ocupación y trabajo como si fuese el único y, por tanto, el más importante.
Creo que el verdadero cristiano tiene que saber contar sólo hasta uno cuando ejerce la caridad con el prójimo. La cantidad no sólo perjudica la calidad, sino que también puede obstaculizar la caridad. El que mucho abarca poco aprieta...
Dios sólo sabe contar hasta uno. Dios es la suma simplicidad. En Él no hay complicación alguna, su conocimiento de todo y de todos es absolutamente singular y sobre cada persona descarga toda su omnisciencia y, no parte, sino todo su infinito amor.
Yo quisiera saber contar sólo hasta uno, para poder tratar a cada persona como si fuese la única sobre la faz de la tierra. Como Jesús. Jesús llamó a sus apóstoles uno a uno. Descansó su mirada infinitamente amorosa sobre aquél joven rico. A la Magdalena llamó el Resucitado por su nombre y a Pedro igualmente para la triple confesión de un amor de arrepentimiento y obediencia. Pablo conoce bien que el amor de Cristo, siendo universal, se manifiesta en primera persona: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20). Juan Pablo II confesaba que, cuando hablaba a las multitudes, se imaginaba que estaba hablando con una sola persona.
El gran descubrimiento del amor de Dios en Cristo Jesús se basa precisamente en esta singularidad. Dios me conoce personalmente, Cristo me ama y me llama por mi nombre. Dios nos ha salvado, no en manada (muchedumbre) sino en familia (1 + 1 + 1...).
Yo quisiera saber contar sólo hasta uno, para ver cómo la gracia de Dios llega a cada persona de manera única y distinta. Esto se experimenta especialmente en el sacramento de la Confesión. Y se experimenta tanto a un lado como al otro de la rejilla.
¿Le van a seguir encandilando al hombre de hoy las “nuevas” (entre comillas, porque de nuevas tienen poco) religiones reencarnacionistas y sumidas en la más radical impersonalidad cósmica, cuando descubra que es único y que el Dios único y Personal (tripersonal) le conoce y le ama personalmente?
En un mundo en que la persona es considerada tantas veces como un número, como un objeto más de una sociedad del consumo o como una pieza más de un engranaje universal, la labor apostólica y evangelizadora pasa necesariamente – y con ello tendremos ya mucho ganado – por el trato directo y personal con cada hombre y cada mujer, inmenso microcosmos de amor y de pecado, de sentimientos y afectos.
Yo quisiera contar sólo hasta uno, para poder contarle al Uno cada noche que le he ayudado a salvar a esta persona que Él ama.

sábado, 23 de octubre de 2010

Queremos ver a Jesús


COMENTARIOS A LAS LECTURAS DEL XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO.
CICLO C.
JORNADA MUNDIAL DE LA PROPAGACIÓN DE LA FE
 
1ª Lectura: Eclesiástico 35, 15b- 17.20-22a
 
El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende y el juez justo le hace justicia. La Jornada Mundial de las Misiones, más conocida como "Día del Domund", concentra nuestra atención en la liturgia de hoy.

Salmo 33: Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha.

2ª Lectura: II Timoteo 4, 6-8. 16-18

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. --Qué Dios los perdone--. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A Él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Evangelio: Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás: "Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido."

QUEREMOS VER A JESÚS

Las últimas palabras de Jesucristo antes de dejar a sus discípulos fueron: "Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio". La misión de la Iglesia es, ante todo, anunciar el Evangelio, y este mandato misionero es para todo cristiano. La Jornada del Domund, nos recuerda, pues, en primer lugar que todos somos misioneros y hemos de examinarnos diariamente de cómo estamos cumpliendo con el glorioso cometido de llevar a las personas a Jesús y Jesús a las personas.

El lema de este año hace referencia directa a esto: "Queremos ver a Jesús". Así expresaron su deseo los griegos que se acercaron a los apóstoles Santiago y Felipe. Esos extranjeros que habían oído hablar de Jesús, quieren conocerlo personalmente. No se conforman con oír hablar de Él. Quieren experimentar en primera persona la fe en Cristo, la alegría de la salvación.

El deseo de conocer a Jesús es un deseo universal. Aunque no lo expresen verbalmente y aunque no sean conscientes de ello, los hombres y las mujeres de todos los tiempos desean ver a Jesús, porque Jesús es la realización más plena de todos los anhelos de felicidad.

Y el mandato misionero también es universal, para todos los cristianos. Si todos los hombres tienen el deseo, callado casi siempre, de conocer a Jesús, todos los cristianos tenemos la obligación de mostrarles a Jesús, que es Redentor y Señor de todos.

Todos los que conocemos y seguimos a Cristo hemos de ser misioneros porque todos aquellos que no lo conocen ni le siguen, quieren, en el fondo de su corazón, conocerlo. Hoy más que nunca, puesto que el hombre actual tan lleno de cosas, siente vacío su corazón. Benedicto XVI lo expresa con estas palabras en su mensaje para esta Jornada misionera: "también los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes no sólo que “hablen” de Jesús, sino que “hagan ver” a Jesús, que hagan resplandecer el Rostro del Redentor en todo rincón de la tierra ante las generaciones del nuevo milenio y, especialmente, ante los jóvenes de cada continente, destinatarios privilegiados y sujetos del anuncio evangélico. Estos deben percibir que los cristianos llevan la palabra de Cristo porque Él es la Verdad, porque han encontrado en Él el sentido, la verdad para su vida."

Hacer visible a Jesús. He aquí, expresada de un modo directo y vivo, la misión del cristiano. San Pablo, en la segunda lectura de hoy, ya cercano el momento de su muerte, nos muestra la serena confianza del que ha dedicado su vida por entero a hacer visible a Jesús ("No soy yo, es Cristo quien vive en mí" Gal 2, 20; "Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo" 1 Cor 11, 1).

El Papa, en el mensaje antedicho, subraya que no puede ser uno misionero eficaz sin haber experimentado previamente una profunda conversión personal. Así, el Evangelio de hoy nos muestra el verdadero corazón contrito, que es el del publicano en el templo, para que huyamos de la tentación del fariseo, no nos justifiquemos fácilmente ni nos pensemos, con ello, que la misión de anunciar a Cristo depende únicamente de nuestras propias fuerzas o talentos.

Imitando la humildad del publicano del templo, estaremos en condiciones de ser misioneros, con nuestro recurso continuo al Señor, que da la gracia (oración), nuestro sacrificio diario ofrecido por las misiones, que Dios convertirá en bendición para los que están en primera linea de evangelización en lugares lejanos y, finalmente, seremos más generosos a la hora de aportar económicamente con las misiones de la Iglesia, que es el tercer modo de colaborar.

María, Reina de las Misiones, nos ayude a no olvidarnos de los misioneros y a ser nosotros mismos misioneros en todo momento, lugar y circunstancia.

jueves, 21 de octubre de 2010

Un año de navegación: enhorabuena y gracias

Aprovecho el primer aniversario de Intereconomia.com y La Gaceta, no sólo para expresar la enhorabuena a todos los que se dedican con tanto esmero y profesionalidad a hacer posible cada día estas páginas, sino para agradecerles la sección de información religiosa y eclesial que han tenido el acierto de incluir.
Puesto que ni el hombre ni el mundo se pueden entender sin la religión, tampoco sería completa ni acertada la información sobre lo que en el mundo y en cada hombre acontece sin una información religiosa veraz, sin prejucios, una información constructiva y que busque el bien integral de la persona humana. Silenciar la actividad diaria tan maravillosa de la Iglesia, de tantos miles de sacerdotes, consagrados y laicos que sirven al mundo y a las personas desde su fe y amor a Cristo, para sacar y acentuar sólo cosas negativas con el único interés de afear el rostro de la Iglesia, es desinformar. Y eso es lo que vemos que hacen muchos medios.
El internauta y lector (internauta y, sin embargo, lector) de intereconomía.com y La Gaceta, tiene una puerta abierta a la información religiosa, tiene un acceso (difícil de encontrar hoy en los medios) al Mensaje de Jesucristo - la Buena, única y mejor, Noticia - a su Evangelio.
Gracias, desde aquí, a La Gaceta por incluir una sección de religión que, poco a poco, se va afianzando como punto de referencia de información religiosa a través de internet en España y en todo el mundo. Gracias también por dejar navegar en ella a la "barca" de este blog, aunque la Barca la pongo inmediatamente con mayúscula, pues es la Iglesia, en la que todos los cristianos navegamos.

lunes, 18 de octubre de 2010

Condiciones que han de reunir los padrinos del bautismo y la confirmación

Creo que el tema es muy práctico y conviene que tengamos claro lo que la Iglesia enseña en torno a este tema, ya que no es difícil encontrarse en las parroquias ante situaciones comprometidas a la hora de explicar a una persona por qué el padrino o madrina elegidos para el bautismo o la confirmación no pueden serlo por no cumplir alguna de las condiciones exigidas.
Reproduzco un artículo del P. Juan Manuel Cabezas, Doctor en Derecho Canónico y profesor en el Instituto de Derecho Canónico de "San Dámaso", en Madrid. En pocos párrafos expone de manera clara y concisa lo que necesitamos saber sobre las condiciones que han de reunir los padrinos en la Iglesia. Este artículo ha sido extraído de la página "La hora de la Verdad" (muy buena página, que recomiendo - en enlace se halla en el margen derecho de la pantalla - y en la cual también colaboro).

El padrino ejerce una paternidad espiritual sobre sus ahijados. Se trata de una persona que presenta al catecúmeno, al que desea ser bautizado, cuando éste es adulto, ante la comunidad cristiana, o bien que ayuda a los padres físicos en la educación católica de un niño que ha de ser bautizado.
Parece ser que su origen histórico se encuentra ya en los primeros momentos históricos de la Iglesia, pues si un pagano o un judío deseaba ser miembro de la Iglesia había de ser presentado por un cristiano conocido que testificara de su rectitud de intención. Esto era particularmente necesario en tiempos de persecución, cuando existía el temor de introducir traidores o delatores entre los fieles.
El padrino tiene como función tal y como describe el Código de Derecho Canónico en su can. 872 “asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”. De modo semejante, acerca del padrino de la Confirmación, el can. 892 enseña que el confirmando ha de tener un padrino “a quien corresponde procurar que se comporte como verdadero testigo de Cristo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al sacramento”.
La misión de los padrinos es muy importante, creando realmente una auténtica relación “paternal” de cara a los ahijados. De modo semejante a como los padres dan la vida física a sus hijos, así los padrinos ayudan o colaboran en la entrega de una vida superior, la vida sobrenatural, tanto más importante que la natural cuanto es la distancia que va de Dios a la criatura.
Es por ello que la Iglesia exige unos requisitos mínimos a los que han de asumir la función de padrinos en los Bautismos o en las Confirmaciones. Estas condiciones, según los cánones 874 y 893 son las siguientes:
1. que sea elegido por el bautizando o el confirmando, por sus padres o los que hacen sus veces o, si faltaran los anteriores, por el párroco o ministro del sacramento.
2. que tenga capacidad para realizar esta misión e intención de desempeñarla.
3. que haya cumplido al menos 16 años, salvo que el Obispo haya dispuesto otra edad, o que, por justa causa, el párroco o ministro estime oportuna una excepción.
4. que sea católico, confirmado, haya hecho la primera comunión.
5. que lleve una vida congruente con la fe y la misión que va a asumir, por lo que no puede estar en situación irregular ante Dios y la Iglesia: concubinato, matrimonio sólo civil, divorciado casados de nuevo...
6. que no esté afectado por una pena canónica.
7. que no sea el padre o la madre del bautizando o confirmando.
Por supuesto el padrino no puede pertenecer a una comunidad eclesial no católica, los cuales sólo podrían ejercer de meros testigos, nunca de auténticos padrinos, pues no puede ser encomendada la misión de ayudar al desarrollo de una vida divina quien no cree en ella o tiene ideas incompatibles con la verdad fundada en Jesucristo y conservada por la Iglesia católica.
P. Juan Manuel Cabezas.
Doctor en Derecho Canónico.

sábado, 16 de octubre de 2010

Ora con insistencia y verás milagros

COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C
1ª Lectura: Éxodo 17, 8 – 13
En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué: “Escoge a unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano”. Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.
Salmo 120: El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra.
2ª Lectura: II Timoteo 3, 14 – 4, 2
Querido hermano: Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que desde niño conoces la Sagrada Escritura; ella puede darte la sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación. Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud; así el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena. Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda paciencia y deseo de instruir.
Evangelio: Lucas 18, 1 – 8
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: “Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”. Y el Señor añadió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”.
ORA CON INSISTENCIA Y VERÁS MILAGROS
Muchas personas, cuando les hablo de la oración, me dicen que rezan mucho, hasta el punto de que piensan que Dios debe estar ya cansado de escucharles. El Evangelio de hoy muestra claramente que Dios quiere que seamos insistentes en la oración; que el Señor no se cansa de escuchar nuestra súplica confiada. Así, en aquel otro pasaje nos exhorta: “Pedid y recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. Nos pone hoy el ejemplo de la viuda insistente ante el juez. Esta mujer no perdía la esperanza de que, finalmente, hallaría respuesta a su petición de justicia. Y es que la insistencia en la oración es, en el fondo, un ejercicio continuado de la fe y de la esperanza. Por eso, el Señor concluye haciendo referencia a esta fe que se muestra por medio de la perseverancia en la oración.
Sabemos, no obstante, que nuestra oración, conversación filial con Dios, no se puede reducir únicamente a pedirle beneficios, sino que, en primer lugar ha de ser una oración de alabanza y de acción de gracias, que igualmente incluya una petición de perdón y recurso a su infinita misericordia.
Al pedirle a Dios, estamos reconociendo que nosotros somos indigentes y que de Dios proceden los beneficios. Estamos también reconociendo la bondad y largueza de Quien no escatima lo más mínimo para lograr nuestra salvación.
La oración perseverante de petición encuentra siempre respuesta. Siempre. Muchas veces nos quejamos de que Dios no nos concede lo que con insistencia y desde hace mucho tiempo le pedimos. Puede haber dos razones: que quiere que ejercitemos más aún nuestra fe y nuestra paciencia, con lo cual crecerá nuestra confianza y humildad ante Él, o que lo que estamos pidiendo en realidad no es lo mejor para nosotros, o incluso que pudiera ser perjudicial de alguna manera. Pero esa oración sembrada con insistencia y regada con la paciencia y la humildad, siempre germinará en una bendición que, si no es la gracia que le pedíamos al Señor, será sin duda, la que más nos conviene para nuestro bien y nuestra salvación.
La primera lectura igualmente nos muestra a Dios como fuente de bendición y victoria para su Pueblo elegido, pero derrama esta bendición cuando Moisés mantiene sus brazos en alto, es decir, implora, pide, ora confiadamente. Aarón y Jur le sostienen en su cansancio, le ayudan, de manera que la oración pasa a ser comunitaria. La oración de Moisés por la victoria de su pueblo nos recuerda que nuestra oración no ha de centrarse sólo en uno mismo, sino que el cristiano ha de estar atento a las necesidades de la Iglesia para pedir a Dios insistentemente por ellas. La oración, si además de ser insistente, Dios la recibe como una sola voz, proveniente de muchos corazones, será, sin duda, más eficaz.
La oración cristiana es una experiencia maravillosa, una experiencia personal de fe y una experiencia comunitaria de amor y solidaridad. Hoy se nos recuerda el aspecto de la insistencia y aun esto mismo, lejos de cualquier interpretación egoísta, nos sumerge en el misterio del amor de Dios que nos ruega que le roguemos. Así es Dios, así de cercano y de humano. Así de cercano, porque es el Dios que ha venido hasta nosotros para enseñarnos cómo debemos rezar.
Y así de familiar. Es a Dios Padre a quien en última instancia va dirigida nuestra oración. Es por Jesús, hermano nuestro, por quien le llega. Es con María, Madre nuestra, como nuestra oración se eleva por manos tiernas y maternales.

viernes, 15 de octubre de 2010

Teresa de Jesús al hombre del siglo XXI

El alma y la voz de Santa Teresa de Jesús son realmente universales. Su legado nos llega siempre fresco y cargado de una extraña fuerza, inusitada y novedosa, para el hombre de cualquier época. Así, pienso que el cristiano del siglo XXI puede encontrar en la Santa de Ávila una espiritualidad sólida para afrontar los fuertes embates del secularismo actual. Sirvan estas glosas a uno de sus más famosos poemas como homenaje y recuerdo a la santa que hoy toda la Iglesia celebra.

En medio de un mundo sin Dios, el hombre de Dios que es cada hijo de Dios, no se ha de asustar. “Eleva tu pensamiento, al Cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe”, podemos repetirnos, como una letanía, una y otra vez, con Santa Teresa.

Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre, el que está siempre con nosotros, no nos abandona. Él es nuestra fuerza. “A Jesucristo sigue, con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante”.

Por el camino, todos los días, las tentaciones del Maligno, del mundo y de la carne, que nos hacen vacilar, dudar, sucumbir muchas veces. Viene el desánimo, por eso Teresa, que también experimentó todo eso, nos recuerda: “¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa.”

Queremos ser felices, que ningún temor nos atenace, queremos estar seguros y no a merced del viento ni de las olas. Por eso, “aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.”

La bondad de Dios nos ofrece esa seguridad, esa firmeza basada en y alimentada por el amor. Pero es un bien que hay que asirlo y no soltarlo. Hay que saber esperar. “Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia.”

La raíz del desánimo es que no podemos alcanzar lo que queremos. Porque confiamos en nosotros mismos, más que en Dios. Santa Teresa nos ilumina: “Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera, todo lo alcanza.”

Y como pasando por un puente sobre el abismo que no deja de solicitarnos y de ponernos trabas en nuestro camino de perfección, en nuestra búsqueda de la última morada en la que habita Jesucristo, el cristiano fiel se sabe seguro. “Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene”.

El camino se hará duro, largo y desabrido, pero donde está su tesoro allí estará su corazón, por eso, “Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta.”

¡Sólo Dios basta! Ese es el grito interior del alma que ama al Señor, sabiendo que lo demás sobra. Es el lema del santo y del que quiere serlo. “Id, pues bienes del mundo; id dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta”.

jueves, 14 de octubre de 2010

La fe de los mineros chilenos

Escribo con especial emoción, pues el testimonio de los mineros atrapados durante más de dos meses en las profundidades de la tierra y ahora felizmente rescatados, ha sido de principio a fin un auténtico canto a la vida y un impresionante ejemplo de fe y de esperanza.
Transcribo algunos de los comentarios que han ido haciendo loss periodistas, en directo, mientras los mineros iban llegando a la superficie:
“Esteban se pone de rodillas y da gracias a Dios. Está muy emocionado.”
“Darío también se arrodilla y da gracias antes de saludar a su mujer.”
“Los mineros llevan una camiseta que en la parte delantera lleva el lema “Gracias, Señor” y en la trasera la cita “son suyas las profundidades de la tierra, son suyas las cumbres de los montes. A Él la gloria y el honor”.
Aquí no hay trampa ni cartón. Al filo de la muerte es donde se prueba la verdadera fe y el sincero agradecimiento, cuando uno se devuelto a la vida.
La fe de los mineros atrapados fue conocida desde el comienzo de su enterramiento cuando los treinta y tres hombres improvisaron un altar y pidieron que les enviasen desde la superficie imágenes religiosas. Hasta el mismo presidente chileno “instaló una imagen de San Lorenzo, patrono de los mineros, en el palacio presidencial, junto con treinta y dos banderas chilenas y una boliviana, que representan a los trabajadores atrapados desde el cinco de agosto” (tomado de www.aciprensa.com)
Posteriormente, el Papa Benedicto XVI les envió unos rosarios bendecidos, signo elocuente de las miles de oraciones que por ellos se estaban elevando a Dios, por medio de María.
El testimonio de muchos de los familiares también ha sido un canto de fe en Dios y de agradecimiento por el don la vida. Me impresionó mucho la frase pronunciada ante los medios por una mujer que dijo que no era suficiente toda la vida que viviera para darle gracias a los que han hecho posible el rescate de su ser querido. Y es que la fe también ha sostenido a los familiares, que ahora se muestran agradecidos. Hace sólo unos minutos leía lo que ahora transcribo: "En el campamento, la familia Ávalos, canta y ora en círculo. "Estoy muy feliz, ha sido una bendición de Dios. Ojalá sus compañeros estén tranquilos abajo esperando", manifestó Alberto Ávalos. Otro familiar veía en el rescate la imagen de un parto, de un dar a luz, de la madre Tierra. Y es que la fe en Dios y la vida que viene de Dios, van de la mano.
Hay que dar muchas gracias a Dios por el rescate de estos hombres, pero también y sobre todo, porque ellos nos han dado un impagable testimonio de fe y de esperanza a los que tantas veces no sabemos valorar el don de la vida. En un mundo que muchas veces alardea de su autosuficiencia y progreso al margen de Dios, estos sencillos trabajadores que han pasado tanto tiempo en la oscuridad, han sido para todos una auténtica luz.

sábado, 9 de octubre de 2010

El agradecido se acerca a Dios, el ingrato huye de Él

 COMENTARIO A LAS LECTURAS DEL DOMINGO XXVIII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C

1ª Lectura: II Reyes 5, 14-17
En aquellos días, Naamán de Siria bajó del Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo: “Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor.” Eliseo contestó: “¡Vive Dios, a quien sirvo! No aceptaré nada”. Y, aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo: “Entonces, que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor.”

Salmo 97: El Señor revela a las naciones su salvación.

2ª Lectura: II Timoteo 2, 8 – 13
Querido hermano, haz memoria de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David. Éste ha sido mi Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación, lograda por Cristo Jesús con la gloria eterna. Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará. Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo.

Evangelio: Lucas 17, 11 – 19
Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iban a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. Al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes.” Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?: los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. Y le dijo: “levántate, vete, tu fe te ha salvado.”

EL AGRADECIDO SE ACERCA A DIOS, EL INGRATO HUYE DE ÉL

Haciendo la correspondiente estadística a partir del Evangelio de hoy, vemos que tan solo una minoría, el diez por ciento, se muestra agradecido con Dios por los dones de Él recibidos. Sólo uno de los diez leprosos curados volvió a Jesús para darle gracias. El Señor se lamentó y, muy triste, preguntó por los otros diez ingratos. Porque en sus planes estaba el haberles dado más, el haberles curado completamente, también su alma, de una lepra más profunda que es el pecado. Pero no pudo ser, porque ellos se alejaron. Vemos cómo el ingrato huye de Dios.
Los diez leprosos eran destinatarios de la salvación de Dios. Dios se mostró a todos (la salvación está dirigida a todos). Nos quejamos de que Dios se esconde muchas veces, de que nos abandona porque estamos sufriendo o porque nos toca de cerca la enfermedad. En el Evangelio de hoy se nos revela que fue precisamente la enfermedad la que llevó a estos hombres a encontrarse con Dios, pues acudieron a Jesús cuando estaban enfermos. Y si no hubiesen estado enfermos, seguramente no se hubieran acercado al Señor. Sin embargo, cuando se vieron curados, la mayoría de ellos se olvidaron de Él. Los que se habían acercado en la enfermedad, se alejan de Él estando sanos. Ha quedado sano su cuerpo, pero ha quedado de manifiesto una enfermedad mayor: la ingratitud, que les aleja del Señor.
Dar gracias es abrirle las puertas a Dios, que desea continuar con sus bendiciones y darnos más fe y amor. El agradecido se acerca a Dios. Siempre. Muéstrate agradecido siempre y te verás muy cerca de Dios. En la primera lectura, de nuevo vemos el agradecimiento que lleva a la fe: Naamán el Sirio volviendo al profeta Eliseo para darle gracias ofreciéndole sus dones y su promesa de que, en adelante, serviría al Señor.
¡Qué cerca está San Pablo del Señor, cuando precisamente está sufriendo más! ¡Cómo escruta el misterio de Jesucristo y su salvación el que se encuentra entre cadenas! “La palabra de Dios no está encadenada”. Por eso, quienes se dejan llevar por esta Palabra, vuelan libres y aman sin límites; no pierden la paz ni la paciencia (“si perseveramos…”), antes bien, comunican el gozo del Señor a los demás, aliviando también las penas de otros, alimentando su esperanza cierta (“…reinaremos con Él).
Con las palabras de San Pablo, también contemplamos la escena evangélica de hoy, al comprobar cómo Jesús sigue ofreciendo su salvación aun a pesar de nuestra ingratitud: “Si somos infieles (desagradecidos), Él permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”. Dios no puede negarse a sí mismo. Es bueno y lo es siempre, se ha revelado a los hombres y se sigue revelando hoy. No puede negarse a sí mismo. El problema de no reconocer a Dios está, no en Él (a Él le echamos tantas veces la culpa), sino en nosotros. Nuestra infidelidad, nuestro desagradecimiento o ingratitud, nos impiden recibir el don de la fe, la curación del alma.
Sólo el agradecido recibirá la salvación del Señor, como el único leproso que volvió a darle gracias por su curación. María Santísima nos ayuda a ser agradecidos.