De publicano en apóstol. Ésa fue la transformación que Jesucristo obró en un hombre llamado Mateo, también conocido como Leví y cuya fiesta celebramos hoy. He de confesar que la figura este apóstol y primer evangelista me cautiva sobremanera, entre otras cosas porque podemos ver claramente en él al hombre de hoy que vive alejado de Dios.Mateo era un publicano. Los publicanos eran los recaudadores de impuestos para la república, para el imperio romano. El Estado les confiaba, mediante contrato, todo el sistema de ingresos, suministros, pagos y contribuciones. Eran, pues, los que tenían el monopolio del poder económico. Abusaban fácilmente de este poder cobrando más de lo debido, acumulaban grandes riquezas y la ley les amparaba, quedando las personas indefensas ante sus tropelías. Por ello, y porque servían al imperio invasor, eran odiados y considerados pecadores públicos. Sus amigos (mejor dicho, las personas con las que se juntaba) eran también pecadores públicos.
El mundo de Mateo era el mundo, el otro “señor” que impide servir al Señor: las riquezas y placeres, el poder y la ambición. Viviría una vida para nada piadosa y para todo licenciosa. ¿No es ésta la imagen del hombre de hoy, alejado de Dios, pero llamado, como Mateo a una vida nueva que él no se puede ni imaginar?
Mateo no pertenecía al gremio de los pescadores, entre los cuales había elegido el Señor a sus primeros apóstoles; gente trabajadora y humilde. Nos resulta más comprensible la elección de estos sufridos hombres del mar. Pero, ¿Mateo?, ¿este “trabajador” del “sector servicios” que se juntaba con otros “trabajadores” como él y con mujeres que ofrecían también sus “servicios”?
El hombre de hoy vive, como Mateo vivía, enfangado en una vida materialista y hedonista, sin otro horizonte que el del “más y más de lo mismo” y sin otra esperanza que la que le ofrece el nihilismo, o sea, la desesperanza. El hombre de hoy también está sentado a la mesa, como Mateo, es decir, cómodamente instalado en su mundo, pensando que ese “su mundo” es “todo el mundo”. Se autoexcluye del Reino de Dios, pensando - o queriendo pensar - que ahí sólo están llamados los buenos. Se ríe tristemente de los que viven de los que viven lo que él, con temor y duda siempre disimuladas, considera una utopía.
Pero aquel Mateo, publicano de Cafarnaúm y tantos “mateos” de hoy, reciben la llamada inesperada de Jesucristo. El Señor llama a quien quiere y escoge a sus apóstoles de entre los pecadores. Es el acontecimiento que les descoloca completamente, que les remueve absolutamente la silla en que se encuentran instalados.
“¡Sígueme!”. La Palabra creadora y redentora de Cristo Dios, resuena en su interior, crea en él un corazón nuevo. Por eso Mateo se levantó inmediatamente y le siguió. Porque descubrió que Alguien le llamaba personalmente, que aun conociendo su vida depravada, confiaba en él. Y Alguien así, no le puede fallar: acaba de encontrarse con su Salvador.
Igual le sucedió a otro del mismo gremio, que vivía en Jericó y que tenía un nombre parecido al suyo: Zaqueo. También éste experimentó la llamada personal de Dios.
Cristo Jesús sigue llamando al hombre de hoy a una vida que ni se imagina, a la vida eterna. Pidamos a San Mateo que, entre tantos ruidos que nos rodean, podamos escuchar, dirigida a nosotros, esa misma palabra que a él le transformó de publicano en apóstol: “¡Sígueme!”.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada