Seguimos reflexionando sobre la vida eterna y lo hacemos en la fiesta de Santa Teresa de Lisieux, que tanto deseó el Cielo y que se comprometió a vivirlo haciendo el bien en la Tierra. Para un cristiano, las cosas del Cielo no se pueden disociar de las de la tierra y viceversa; luego, no tengo reparos y sí todo el “gustazo” de seguir hablando del Cielo en mi blog.
Los santos, y en concreto, Santa Teresa del Niño Jesús, han deseado el Cielo, ante todo, como la manifestación definitiva de la Gloria de Dios, para la cual trabajamos en este mundo. Como el triunfo final del Reino de Dios y de su amor. No ha sido un deseo “egoísta” en el sentido de desear sólo la felicidad de uno mismo, sino que su deseo ha sido la muestra más profunda de su amor a Dios. Han deseado el Cielo como sinónimo de Dios, de estar con Él, contemplándolo y amándolo cara a cara. Se impone, pues, una visión personalista de la vida cristiana.
Y es que un primer aspecto derivado del pensamiento sobre la vida eterna es la permanencia del “yo”, puesto que nuestra fe cristiana nos describe aquélla como una comunión interpersonal, entre personas, las Tres Personas divinas y la mía humana. El cristiano no puede, pues, aceptar forma alguna de panteísmo o “nueva era” que no responde a la más primaria aspiración del instinto de conservación (permanecer “yo”), hablándonos de la disolución del alma humana en una “superconciencia”. Tampoco se puede asociar con la fe en Cristo la creencia en la reencarnación. Creer en la reencarnación supone que no eres hijo de Dios, puesto que no es el cuerpo un mero envoltorio de tu alma, sino que forma parte de tu identidad, identidad que perderías cada vez que “adoptaras” una nueva vida, forma, cuerpo, etc.
Y, junto con la permanencia del “yo”, la promesa de la Eterna Bienaventuranza nos confirma la superación de la propia indigencia. Nos ha creado Dios para algo infinitamente superior a lo que ahora somos y por eso, San Agustín pronunció la conocida sentencia con que comienza sus Confesiones: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”
La concepción cristiana de la vida eterna es la más divina y la más humana que podemos imaginar. Responde al plan de salvación en Cristo, que siendo Dios y Hombre, nos muestra que el Cielo es “nuestra participación en la vida divina de Aquél que ha querido compartir con nosotros nuestra condición humana” (oración que recita el sacerdote secretamente en el ofertorio de la Misa). No es “nuestro” Cielo tan “solamente divino” que se olvida de nuestro cuerpo, ni tan solamente humano y material que sublima los placeres de este mundo imaginándose una eternidad como un lugar con ríos frescos, vino y mujeres hermosas (cf. Corán 44:50). Dice San Pablo: “ni el ojo vio, ni el oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman” (1ª Cor 2, 9).
Finalmente, Santa Teresa de Lisieux, con su súplica: “Deseo cumplir perfectamente tu voluntad y alcanzar el grado de gloria que Tú me has preparado en tu Reino” nos recuerda una verdad que no pocos han cuestionado y que saco a colación pues, hace unas semanas, un comentario a un post de este blog preguntaba por ella: los grados de gloria en el Cielo.
Resulta difícil de entender que la visión inmediata e intuitiva de Dios (el Ser absolutamente simple) pueda admitir grados diversos; pero así lo definió el Concilio de Florencia (Dz 693): “intueri clare ipsum Deum trinum et unum, sicuti est, pro meritorum tamen diversitate alium alio perfectius”. Y es que Dios, aun siendo la suma simplicidad, es la infinita perfección y, así, el entendimiento creado tendría que poseer, para abarcarlo, una capacidad infinita, lo cual es contradictorio con su condición de “creado”. Los escolásticos intentaron conjugar simplicidad y perfección infinita de Dios diciendo que en la visión beatífica se ve a todo Dios (puesto que si es simple no se puede ver sólo una parte), pero no totalmente (ya que su inteligibilidad es inagotable). Sin embargo, esta diversidad de grado de intensidad de la visión, que se corresponde al grado de amor que el hombre ha alcanzado durante su vida terrena y al “lumen gloriae” que se le concede, no quiere decir que no esté cada bienaventurado plenamente satisfecho y feliz.
De nuevo Santa Teresita (y es que los santos hacen fácil lo que al entendimiento le resulta difícil) nos ofrece luz mediante esta sencilla anécdota, en Historia de un alma (Cap 2, 17):
Paulina recibía mis confidencias y resolvía todas mis dudas. En cierta ocasión le manifesté mi extrañeza ante el hecho de que Dios no premiase en el cielo con igual gloria a todos los elegidos y le di a entender mi temor de que no todos fuesen dichosos.
Entonces Paulina me mandó buscar el vaso grande de papá y poniéndole junto al mío que era pequeñito me dijo que los llenase de agua.
Una vez hecho, me preguntó cuál de los dos estaba más lleno. Yo le contesté que estaba tan lleno el uno como el otro y que era imposible echar más agua en ninguno de ellos pues no cabía.
Mi querida madrecita me hizo entonces comprende que en el cielo Dios dará a sus elegidos tanta gloria cuanta fuesen capaces de recibir y de este modo el último entre ellos no tendría nada que envidiar al primero.
Entonces Paulina me mandó buscar el vaso grande de papá y poniéndole junto al mío que era pequeñito me dijo que los llenase de agua.
Una vez hecho, me preguntó cuál de los dos estaba más lleno. Yo le contesté que estaba tan lleno el uno como el otro y que era imposible echar más agua en ninguno de ellos pues no cabía.
Mi querida madrecita me hizo entonces comprende que en el cielo Dios dará a sus elegidos tanta gloria cuanta fuesen capaces de recibir y de este modo el último entre ellos no tendría nada que envidiar al primero.

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