El alma y la voz de Santa Teresa de Jesús son realmente universales. Su legado nos llega siempre fresco y cargado de una extraña fuerza, inusitada y novedosa, para el hombre de cualquier época. Así, pienso que el cristiano del siglo XXI puede encontrar en la Santa de Ávila una espiritualidad sólida para afrontar los fuertes embates del secularismo actual. Sirvan estas glosas a uno de sus más famosos poemas como homenaje y recuerdo a la santa que hoy toda la Iglesia celebra.
En medio de un mundo sin Dios, el hombre de Dios que es cada hijo de Dios, no se ha de asustar. “Eleva tu pensamiento, al Cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe”, podemos repetirnos, como una letanía, una y otra vez, con Santa Teresa.
Jesucristo, el mismo ayer, hoy y siempre, el que está siempre con nosotros, no nos abandona. Él es nuestra fuerza. “A Jesucristo sigue, con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante”.
Por el camino, todos los días, las tentaciones del Maligno, del mundo y de la carne, que nos hacen vacilar, dudar, sucumbir muchas veces. Viene el desánimo, por eso Teresa, que también experimentó todo eso, nos recuerda: “¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable, todo se pasa.”
Queremos ser felices, que ningún temor nos atenace, queremos estar seguros y no a merced del viento ni de las olas. Por eso, “aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.”
La bondad de Dios nos ofrece esa seguridad, esa firmeza basada en y alimentada por el amor. Pero es un bien que hay que asirlo y no soltarlo. Hay que saber esperar. “Ámala cual merece bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia.”
La raíz del desánimo es que no podemos alcanzar lo que queremos. Porque confiamos en nosotros mismos, más que en Dios. Santa Teresa nos ilumina: “Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera, todo lo alcanza.”
Y como pasando por un puente sobre el abismo que no deja de solicitarnos y de ponernos trabas en nuestro camino de perfección, en nuestra búsqueda de la última morada en la que habita Jesucristo, el cristiano fiel se sabe seguro. “Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene”.
El camino se hará duro, largo y desabrido, pero donde está su tesoro allí estará su corazón, por eso, “Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta.”
¡Sólo Dios basta! Ese es el grito interior del alma que ama al Señor, sabiendo que lo demás sobra. Es el lema del santo y del que quiere serlo. “Id, pues bienes del mundo; id dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta”.


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